MVP: Orbes

–Al fin está abriendo los ojos.

–Ofrécele un poco de agua.

–Sé exactamente cómo hacer mi trabajo, gracias.

–¿Dónde estoy?– preguntó la joven, incorporándose con dificultad en lo que le resultaba la litera más cómoda en la que había posado su cuerpo jamás. No tenía idea de qué estaba hecha, pero parecía abrazarla con una calidez sobrenatural.

–Bienvenida al Valle de los Invocadores, muchacha– dijo la mujer que al parecer estaba a cargo de sus cuidados –. No estoy segura de si es para ti una buena o una mala noticia, pero aquí estás.

Al instante, todo el malestar y el dolor que agarrotaban su cuerpo se desvanecieron por completo tras ver a sus cuidadores a los ojos: una nube oscura se arremolinaba en los orbes de la supuesta enfermera, mientras que los de su compañero parecían dos gotas de fuego líquido.

El principal rasgo de las personas con gran afinidad mágica era que sus ojos se convertían en orbes del elemento que los infundía mayormente. 

En el caso del pueblo de los Hendëlir, estaban acariciados por las sombras, como el caso de la mujer; los Fraïni, por otro lado, estaban bendecidos por el fuego, como el hombre allí presente.

Todos los Invocadores despertaban este rasgo cuando por fin podían hacer uso de la magia. Sin embargo, ciertas personas nacían directamente con ojos de afinidad mágica… como el caso de la joven en la litera. En algunas culturas, esto era considerado un presagio de grandeza. 

En la suya, una maldición.

Era del pueblo de los Lekïri, acariciados por la energía, y había sido una paria toda su vida, víctima de la peor discriminación. Ni siquiera había caído presa de los traficantes de esclavos, porque, ¿quién querría semejante aberración como esclava?

Sus ojos parecían dos estrellas refulgentes, pero nadie en su hogar podía apreciar su belleza. 

Harta de tanto desprecio, decidió huir al exilio y buscar a sus pares. Pero no tenía la más ínfima idea de supervivencia en el mundo salvaje. 

Había escuchado rumores del Valle de los Invocadores, donde tal vez sería aceptada, pero no sabía realmente cómo llegar.

La noticia de que finalmente lo había conseguido era para ella una bendición como ninguna. La travesía había sido una verdadera tortura; podía verse que tenía la piel en los huesos, había perdido algunas uñas y estaba cubierta de cortes y magulladuras.

Sin embargo, la capa de mugre que la había acompañado durante meses había desaparecido, y las costras de sangre que se habían formado sobre las incontables pústulas y llagas parecían haberse esfumado. 

–Por la expresión de idiota parece que está contenta– se burló el hombre.

–No seas imbécil… ¿Cómo te llamas criaturita?

–Frägnyn– respondió con un hilo de voz; carraspeó para aclararse la garganta –. ¿Realmente estamos en el Valle de los Invocadores?

–No creo que nos veamos como un par de bromistas, ¿verdad?– observó la enfermera.

–Al fin… al fin lo logré–murmuró Frägnyn, sollozando; hubiera derramado varias lágrimas si no fuera porque estaba gravemente deshidratada.

–Bueno, yo no diría que lo lograste… – la corrigió el hombre –. Más bien, no lo lograste para nada. Estás aquí porque yo te encontré agonizando en las montañas y te traje.

–¿Quién hubiera dicho que tenías un lado sensible, Maordätan?– se burló ahora la enfermera.

–Bah… –fue su única respuesta.

–Muy bien, criaturita, ahora concéntrate en recuperar tus fuerzas– comenzó la mujer.

–Takämi, la muchacha estaba ansiosa por encontrarnos– la interrumpió Maordätan –. No tiene sentido hacerla esperar ni un momento más. 

–Necesita descansar– insistió la enfermera.

–¿Desde cuándo eres experta en medicina? Lo que necesita es elegir una hermandad para comenzar a desarrollar su afinidad mágica. ¿No ves sus brillantes ojos? Ya está un paso por delante de cualquier aprendiz común– festejó el hombre.

Frägnyn hubiera sufrido un desmayo si hubiera tenido las fuerzas para hacerlo. Era la primera vez en su vida que alguien elogiaba sus ojos. 

–Yo… estoy lista– mintió la muchacha; la realidad es que le costaba mover cada fibra de su cuerpo, pero una llama se había encendido en su interior.

–¿Lo ves?– agregó Maordätan, y luego se rió con una potencia tal que parecía un rugido. Takämi, en cambio, soltó un prolongado suspiro.

–Supongo que no te hará daño saber lo que te espera– admitió al fin –. En efecto, estás en el Valle de los Invocadores, hogar de cuatro Órdenes de Invocadores: los Magos, los Corsarios, Maordätan y yo somos Druidas, y luego están los Hechiceros.

–Por favor, no elijas unirte a los Hechiceros– bufó el fraïno.

–Cierra la boca, tú odias a los Hechiceros. No dejes que las ideas de este perro sarnoso se te metan en la cabeza. Es cierto que hay Hechiceros que son un atado de pretenciosos y engreídos, pero no todos son así– explicó Takämi –. En realidad, son una orden bastante centrada, dedicados al estudio de la magia. 

–En cambio los Druidas somos la mejor orden– aseguró Maordätan –. Nos dedicamos a vincularnos con la naturaleza y nos volvemos uno con ella. Takämi por ejemplo es una excelente curandera y herbalista, mientras que yo estoy más en contacto con mi lado animal. Si fueras una Druida, nunca más tendrías problemas para sobrevivir allí afuera.

–Suena bien…– murmuró la muchacha.

–¡Claro que suena bien! Está decidido, serás una Druida– vociferó el hombre con entusiasmo.

–Maordätan… así no es la tradición…

–No, la tradición indica que llamemos a un concilio especial en el que un miembro de cada orden le explique de qué se trata cada una. Pero los Hechiceros nunca llaman al concilio, y cuando nosotros lo hacemos, sólo asisten los Magos. 

–¿Y los Corsarios?– preguntó Frägnyn.

–Ah, veo que estás prestando atención– dijo Maordätan con aprobación –. A los Corsarios no les importa la tradición, ni el Valle, ni el Castillo, ni la magia si vamos al caso. Traen a sus propios reclutas de manera esporádica y luego hacen su vida. De todas las órdenes, son los únicos a los que les importa acumular riquezas para sí. Son unos mercenarios, realmente no quieres unirte a ellos…

–Y los Magos están en decadencia, criaturita. Lo más probable es que se extingan en un par de años. Sus números son muy reducidos y tienen una tendencia a ser demasiado temerarios. Mordätan tiene razón en una cosa: tus mejores chances de tener un futuro aquí y de aprovechar tu vida son los Hechiceros y los Druidas– explicó la mujer –. Y también es cierto lo que dijo acerca de tus ojos… tu afinidad mágica ya ha despertado, con un buen entrenamiento, serás una gran Invocadora. 

Frägnyn se sentía un poco confusa e indecisa. Nunca tenía ni idea de que hubiera tantas opciones.

–Lo que sea que elijas– agregó Takämi –, será una buena decisión. Tómate todo el tiempo que necesites. Y observa, observa mucho la vida en el Valle. Al final, esos brillantes orbes de energía que tienes te dejarán ver el camino que has de seguir.


Créditos de la imagen a ryky en Deviantart – https://www.deviantart.com/ryky/art/Eclipse-718253110

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