Ir al contenido

El Último Rey de Ulterian

—¡Fuera de estas tierras! Las puertas de Ulterian estarán siempre cerradas para los de tu tipo.

—No debería rechazar a los Jerarcas tan rápidamente, su alteza.

—Y tú no deberías faltar el respeto a la corona de Ulterian. ¡La osadía! Golpear a mí puerta, permanecer bajo mí techo, malgastar mí tiempo…

Barkran escuchaba con paciencia mientras el hombrecillo sentado al trono hablaba alterado y nervioso, cada una de sus frases con marcado hincapié en la palabra “mí”. Suspiró y revoleó los ojos, esperando que el rey de Ulterian terminara con su pataleta.

¿Cuántos años tendría? ¿Quince o dieciséis? ¿Tal vez menos? Su vello facial era fino y traslúcido, con parches incompletos, como el plumón de un polluelo transitando incómodamente su paso al plumaje. Su padre había caído en combate contra los norduri, y Ulterian había apurado la coronación de su próximo monarca. 

La ciudad se había mantenido en pie, defendiéndose contra el avance nordurio, gracias al apoyo enviado por el Protectorado de Actubrion. Y, por extensión, gracias al auxilio provisto por la Coalición de Invocadores, por lo cual era muy irónico que el pequeño reyezuelo afirmase a viva voz que los practicantes de la magia no eran bienvenidos en su palacio.

El joven monarca pudo notar que su audiencia no estaba prestándole atención, y comenzó a chillar y escupir con ira inofensiva. Aún así Barkran no lo escuchaba. Decía algo del respeto, las leyes, tal vez algo acerca de una ejecución. Nada importante ni significativo como para que el Jerarca desviase su atención de todos los detalles y riquezas del palacio. Sí, sería un buen tributo a los norduri para sellar la alianza entre Jerarcas y Jarferun.

 Cuando por fin hubo silencio, incómodo por supuesto, Barkran volvió a prestar atención al rey.

—Muchas gracias por su audiencia, su alteza. Es usted muy amable por ceder el trono y el poder a los Jerarcas.

—¿Acaso estás demente, invocador? ¿No escuchaste nada de lo que te dije?

Un fogonazo de luz resplandeció en el recinto a modo de respuesta. Barkran tenía el brazo levantado, apuntando al monarca.

—¡Qué has hecho!— gritó con voz quebrada uno de los miembros de la corte, al tiempo que todos comenzaban a gritar y huir al caer en la cuenta de lo que había acontecido. Con un relámpago certero, Barkran había calcinado al joven rey.

—Magia— dijo el Jerarca—. Magia de aire para ser preciso. O sea, poder; verdadero poder. Una corona y un trono jamás se compararán con esto. 

La gente buscaba salidas, pero el resto de los Jerarcas les impedían escapar. Los más desesperados atinaron a saltar por las ventanas, tarea imposible, pues se vieron bloqueadas rápidamente por barreras de hielo y roca.

—¡Asesino!— acusó el sujeto que había gritado antes. Fue su última palabra, o al menos la que pudieron escuchar. Barkran lo envolvió en un torbellino de viento tan concentrado y potente que quebró todos los huesos de su cuerpo, convirtiéndolo en un saco contorsionado y estrujado de fracturas expuestas y piel rasgada.

El resto de la corte lloraba y pedía piedad a gritos. El Jerarca Supremo suspiró con hastío.

—¡Basta!— vociferó finalmente; su voz se escuchó como una tormenta dentro de la sala del trono —. Como podrán ver, Ulterian ha sido bendecida con una mejora en su sistema de gobierno.

—Por favor, no nos maten— rogó una cortesana, interrumpiendo su discurso.

Esta vez Barkran no movió un dedo. Sus compañeros tenían órdenes estrictas y perfectamente ensayadas. La mujer estalló en llamas, con gritos de agonía que resonaron angustiosamente. Aquellos que volvieron a intentar huir, o que retomaron su llanto despavorido y patético fueron sistemáticamente silenciados. No era lo más limpio, pero sí lo más óptimo para lograr lo que Barkran necesitaba: enviar un mensaje y probar un punto.

Con paso lento y cuidando de no pisar la sangre asquerosa de esos cortesanos inferiores y despreciables, el Jerarca avanzó hacia el trono y con sus poderes de aire y viento removió el cadáver del anterior monarca. Entre gritos y súplicas, tomó asiento y esperó a que la histeria colectiva hubiera amainado.

—Quiero que quede algo en claro: este gobierno no es para los débiles. Apoyen a los Jerarcas, y tal vez conserven algo de sus actuales privilegios, por más ficticios e inventados que sean.

Uno a uno, los nobles de Ulterian se turnaron para jurar lealtad a los Jerarcas. Barkran sabía que no sería tan fácil; podía adivinar sin esfuerzo las miradas de odio, las de terror, las de satisfacción. Tendría aliados, sí, pero estaba seguro de que habría aquellos quienes no tardarían en organizar la resistencia, o algún triste intento por oponerse. No le importaba, tenía los medios para aplastarlos, por más molestos que fueran.

Cuando la procesión hubo acabado, los cortesanos  fueron obligados a limpiar el recinto y a encargarse de los cuerpos. Entre arcadas y sollozos, comenzaron a atender su tarea; mejor para ellos si desde ahora se acostumbraban a hincar la rodilla y hacer el trabajo sucio. 

A los fines prácticos, había llegado el fin de la nobleza a Ulterian. Barkran le daría la bendición al pueblo ulteriano de librarlo de la desigualdad y la injusticia. No más distinción entre ricos y pobres, nobles y plebeyos; todos eran iguales a los ojos de los Jerarcas.

—Nadie sale, nadie entra— recordó Barckran a su séquito —. Lonar, lo mismo aplica para los límites de la ciudad— le dijo ahora al Jerarca Arcano, cuyos encantamientos podían encerrar temporalmente la ciudad en una burbuja mágica hasta que pudieran establecer el orden —. Ludaire y Shuur, ustedes se quedan conmigo. El resto, encárguense de la ciudad. La noticia tiene que correr antes de mi anuncio oficial.

Los Jerarcas se movilizaron al instante Todo había marchado según los planes y predicciones de Barkran, desde el regicidio a la histeria de la nobleza. No había motivos para dudar ni echarse atrás; estaba claro que Ulterian estaba sin aliados en ese momento, y un pedido de auxilio tardaría días en ser respondido. Era por esto que les había pedido a Ludaire y Shuur que se quedaran con él.

—Sé que ustedes aún dudan y desconfían de nuestro destino. Ésta es su oportunidad. Su última oportunidad.

Los dos invocadores intercambiaron miradas nerviosas.

—¿Pensaron que no lo notaría? Yo soy el Jerarca supremo, soy la Luz antes del Amanecer— afirmó con autoridad —. No habrá otro momento para hablar. Les aconsejo que aprovechen este gesto que les ofrezco.

Pasaron unos instantes en los que Barkran les permitió ordenar sus pensamientos. No tenía apuro; era mejor resolver este inconveniente en este momento antes que estar perdiendo su tiempo en el futuro.

—Yo me preguntaba si… si has pensado bien en esta movida, Barkran— balbuceó Ludaire.

—¿Te refieres a la toma de Ulterian en específico o al surgir de los Jerarcas en general?

—Ulterian. Jamás dudaría de la visión de los Jerarcas— se apresuró a responder ella, como si la mera idea le resultara absurda. Bien, eso estaba muy bien. Barkran sonrió —. Sólo me preguntaba…

—Por qué Ulterian— completó él, mientras ella asentía —. Mira ese tapiz —apuntó a un gran mapa en una de las paredes del recinto —. Elegí Ulterian no por capricho, sino por tres razones fundamentales. Para empezar, hacia el oeste estamos estratégicamente cerca de Actubrion, quien será nuestra principal oposición, pero no lo suficiente como para que puedan abrumarnos sin que anticipemos sus movimientos. En segundo lugar, hacia el este, la gran nación de Exia ha caído ante el imperio de Jarferun. Cuando nos aliemos a los norduri, no tendremos enemigos en el este ni el norte. Por último, y directamente relacionado con nuestro objetivo de aliarnos a Jarferun, Ulterian tuvo la osadía de resistir el avance nordurio. Es un excelente tributo para ofrecer a nuestros futuros aliados, para afianzar nuestros lazos.

—No necesitamos a los norduri— dijo entonces Shuur.

—¿Perdona?

—De todo tu plan, la alianza con Jarferun me resulta patética y, francamente, repugnante, Barkran. No sólo me resulta un intento desesperado por encontrar apoyo a nuestra causa, sino que me parece que buscar apoyo en Jarferun es un disparate en todo sentido. ¿Cómo podemos ir por la creación hablando a viva voz acerca del derecho divino que nos da la magia de gobernar sobre los demás, cuando al mismo tiempo nos aliamos con aquellos que directamente no merecen la magia?

—Estás equivocado, Shuur. La magia no distingue raza ni color. No le importa nuestro exterior, sólo le importa quién es digno de blandirla.

—Y los norduri no son dignos de blandirla— insistió él, con marcado disgusto en su voz.

—¿Quién eres tú para definir quién es digno y quién no? La magia entra en los corazones de quien ella elige.

—Entonces tenemos visiones distintas, Barkran. Justamente los Jerarcas estamos aquí para definir quiénes son dignos y quiénes no. De lo contrario, ¿para qué molestarnos?

—¿Estás diciendo que no estoy guiando a los Jerarcas en la dirección correcta?

—No lo dije, pero es exactamente lo que quería decir.

Barkran apretó los puños y tensó los músculos, listo para enfrentarse a Shuur y, una vez más, demostrar por qué él era el Jerarca Supremo y no otro.

Pero no hubo necesidad de combatir.

Unas raíces habían brotado de los sacos que colgaban del cinto de Ludaire, estrangulando y empalando a Shuur en un abrir y cerrar de ojos. Luego se marchitaron en cuestión de segundos, convirtiéndose en polvo tan rápido como habían germinado.

—No podemos permitirnos dudar— explicó ella, observando cómo el cuerpo de su víctima caía sin vida —. Ustedes, busquen algo para colgar a este traidor sobre el trono— le ordenó a un par de nobles que habían cortado retazos de trapo para secar la sangre de los demás muertos.

—Bien pensado, Ludaire. Y te felicito por tu decisión. Creo que mis dudas acerca de ti han sido borradas— Barkran vio cómo los débiles nobles se las rebuscaban para intentar mover el cuerpo de Shuur, pensando y debatiendo cómo colgarlo en alto—. Este gesto que has pensado para darle utilidad a nuestro anterior colega servirá exactamente para lo que quiero, para mandar el mensaje que necesito. Cuando le obsequiemos Ulterian a Jarferun, que sepan que no tendremos piedad en nuestra revolución.

Traducir página »